Cultura General

 

REFLEXIONES SOBRE LA PANDEMIA DEL GRUPO DE CULTURA

AGARRADA AL RECUERDO.

La penosa situación que estamos pasando con la pandemia, nos hace más fuertes si nosotras tiramos de nuestros recuerdos de tantos meses agradables que hemos pasado en la escuela. Con la compañía de los profesores y de compañeras y compañeros.

Nos gustaba tanto a todas que las tardes eran estupendas. Con actividades variadas entre ellas los dictados. ¡Cómo los echo de menos! Para mí ha sido una suerte tener la escuela en mi vida. A veces pienso y parece que estoy sentada en la mesa con todas ellas.

Por eso cuando me acuerdo me digo: la tuve, y si nos cuidamos y salimos de ésta, la volveremos a tener. Lo creo firmemente y sé que la dirección de la Escuela hará todo lo posible y lo imposible para que así sea. De esta manera las personas que no hemos tenido otra oportunidad, podamos volver a tener nuestra querida escuela.

El pensar en ella me consuela. Y también saber que las monitoras no nos olvidan.

Agradecida a todas.

Pilar Lorenzo

 

LA PANDEMIA

Emprendimos el año 2020 con la alegría que significaba comenzar un año nuevo. Cuando pensábamos que todo sería como siempre, nos llegó esta terrible pandemia producida por COVID-19. Todo dio un cambio en la sociedad mundial.

Al principio salíamos a las ventanas todos los ciudadanos apoyando a los efectivos sanitarios y demás colectivos de trabajadores esenciales como los que nos atendían en las tiendas, con las miradas asustadas detrás de esas mascarillas. Todos éramos solidarios con aquellas personas que estaban arriesgando su vida para dar servicio a la sociedad. En un momento todos éramos uno.

Pensábamos en nuestros seres queridos ya que el estar confinados nos privaba de sus abrazos y besos.

Nos dimos cuenta, de la noche a la mañana, de lo vulnerables que éramos, pues un “bichito” que se iba con agua y jabón, nos estaba robando la vida.

El covid ha marcado un antes y un después en nuestras vidas. Ahora vivimos con una incertidumbre grande pues esta pandemia ha afectado a todos los niveles, tanto sanitarios como económicos y sociales. Y lo peor es que no sabemos cuándo se podrá utilizar el remedio para paliar esta enfermedad. Algunos dicen que es una guerra bacteriológica y que el virus ha sido creado en un laboratorio para acabar con las personas más indefensas. Yo no lo sé a ciencia cierta. Pero sí es verdad que los negocios van a pique, y tanto empresarios como trabajadores temen por el pan de sus hijos.

Las mascarillas han pasado a formar parte de nuestro atuendo.

Yo pienso que esto va para rato, pero confío en Dios y en los científicos para que al menos sepan cómo manejar este virus que nos trae a todos desorientados.

A mí me ayuda el tener un espíritu optimista para poder llevarlo con paciencia y resignación.

Y debemos ser muy cautelosos con la higiene y la protección. Por nosotros mismos y por los demás.

Este COVID-19 nos ha cambiado la vida.

Itziar Mazacaga

 

CARTA A LA ESCUELA POPULAR DE OPORTO

A mis compañeras y compañeros,  a mis  profesores  y profesoras de la Escuela Popular de Oporto, mis queridos todos:

Qué tiempo aquellos en los que nos reuníamos y asistíamos a esas clases para mayores que tanto nos aportaban y ayudaban,  haciendo despertar en nosotros/as la ilusión y el sentimiento de que aún éramos  capaces de seguir aprendiendo a pesar de muestra edad. En mi caso ya 80 años recién cumplidos.

Recibíamos muy diversas enseñanzas y la consideración  y el respeto tanto de los diferentes  profesores/as que a lo largo de los años hemos tenido y que con el mayor de los cariños nos han tratado así como el de  nuestros familiares y amigos que veían en nuestra asistencia a clase y a las diferentes actividades que se programarán (excursiones, salidas a teatros, museos…..) una forma de mantenernos activos  y vivos y de seguir desarrollándonos y evolucionando a todos los niveles. 

Igualmente, la asistencia a clases  nos servía para socializarnos  y  conocer y  relacionarnos con personas de nuestra misma edad. Fruto de esos años de enseñanza,   nacieron amistades que se han venido manteniendo y nos han permitido también compartir cafés y con ellos,  nuestras alegrías  preocupaciones e inquietudes.

De esta forma, compatibilizábamos nuestros quehaceres  diarios y obligaciones familiares  con esas clases y actividades que, en numerosas ocasiones,  se convertían en un  balón de oxígeno  para poder seguir afrontando el día a día de nuestras vidas. En mi caso  y en concreto en el último año, compatibilizaba las clases  con el cuidado de mi hija Mamen, que había caído enferma de cáncer de mama y  estaba luchando por superar esta enfermedad, que, en principio parecía estar estabilizada, lo que me permitió retomar, alentada y apoya por ella, las clases y actividades  programadas a principios del pasado curso.

En definitiva, todo resultaba bueno y positivo y  año tras año se iban sucediendo los cursos que se  desarrollaban con total normalidad, hasta que a  finales del pasado  año 2019 ocurrió algo, algo  que en el caso de la inmensa mayoría, iba a cambiar nuestras vidas para siempre.  A través de los medios de comunicación empezaron a llegar noticias de que en Wuhan, una  ciudad del centro de China, había despertado un virus  causante de muchos estragos en la población  que, tras un corto periodo de incubación, caía enferma a  una velocidad de vértigo, provocando la muerte de muchos de sus ciudadanos. Se trataba del  “Coronavirus”,  al que pronto apodaron “Covid  19”.

Escuchábamos las noticias atentas pero sin excesiva preocupación en la creencia de que la enorme distancia  que nos separaba de  ese  milenario país  impediría que consiguiera traspasar también nuestras fronteras. Poco o casi nada se sabía de ese  virus.  Al parecer atacaba con especial predilección a los mayores si bien no discriminada entre el resto de las edades, a excepción, en principio, de los más pequeños. Sin embargo, aquella creencia resultó ser errónea y pronto se desvaneció: el virus quiso  conocer mundo y comenzó a viajar y extenderse rápida y vorazmente por todos los continentes y ciudades, cruzando montañas, cordilleras, mares y océanos;  por mar, por tierra y por aire circulaba libremente y sin control, conquistándolo todo. No había forma de frenarlo en su ansia de seguir propagándose y arrasando allí por donde pasaba… y de esta manera  llegó a España y con él, como en el resto de países, las medidas de prevención y  confinamiento y el miedo y la incertidumbre  de no saber qué iba a pasar. Como primera medida se suspendieron nuestras clases y  se procedió al  cierre de los centros de día y   centros de mayores, limitando, igualmente, el acceso de visitas a las residencias de la tercera edad.

Éramos personas de riesgo especialmente vulnerables y teníamos que ser objeto de protección aunque ello supusiera el más absoluto aislamiento. A pesar de estas medidas, la velocidad de propagación del virus  superaba  los medios y recursos  sanitarios lo que obligó a decretar el estado de alarma y el confinamiento en nuestros hogares de todos a excepción  de los que prestaban servicios esenciales.

Era la guerra; en esta ocasión, una guerra sin armas y difícil de controlar y parar. Una guerra que no daba tregua a nadie y en la que principalmente los mayores y enfermos crónicos y personas con otras patologías graves nos convertimos en las víctimas  preferidas del enemigo. Así quedábamos  encerrados con nuestros miedos y circunstancias, atentos a las desoladoras noticias que se sucedían en nuestra ciudad, país y mundo y con la esperanza de que el virus pasara de largo por nuestras casas.  Pero en la mía,  como en la de  otros muchos damnificados por esta pandemia, no fue así. Mi hija querida, mi Mamen del alma, tuvo que ser ingresada  a finales de Marzo en pleno confinamiento a  causa de una recaída como consecuencia del cáncer que padecía. Con  una sonrisa y un “te quiero mucho mamá”  se despidió de mí, mientras la  bajaban en camilla por las  escaleras. Comenzaba, entonces, otro calvario  difícil de imaginar. Al principio, parecía que  iban a ser unos pocos días los de su estancia hospitalaria; tan solo me aliviaba el poder hablar con ella en la confianza de que en el hospital estaba  bien atendida a pesar del sufrimiento  que suponía no poder estar juntas como lo habíamos estado durante toda la vida. Las medidas de prevención lo impedían. Pero la situación se comenzó  a complicar más. A los pocos días de ser ingresada, las comunicaciones se cortaron, dejé de recibir sus mensajes y llamadas. Ya no estaba en condiciones de hacerlas ni tampoco de recibirlas. La angustia no podía ser mayor.  Su estado de salud empeoró sobremanera y finalmente, el Covid, aprovechando su enorme  debilidad, se instaló  en sus pulmones  adelantando  su marcha, en la madrugada del  17 de abril tan solo con 48 años de edad.  Cuanto dolor, cuanta impotencia,  cuanta rabia, cuanto  vacío que solo se veía aliviado en cierta manera  por la compañía de mis hijos, Carlos y Miguel Angel,  y las numerosas muestras de pésame que telefónicamente, pues el contacto personal estaba  igualmente proscrito, recibía día tras día  de familiares y amigos. Ni abrazos ni besos (también el virus se había adueñado de ellos) sólo palabras de consuelo y cariño.

Pero la vida continuaba y había que seguir caminando. Sin saber cómo ni por qué saqué fuerza de este dolor y pérdida tan inmensa para poder empezar de cero, eso sí, con el bagaje y  experiencia de todo lo vivido durante mi larga vida y a sabiendas de que nada ya podrá ser lo mismo. Y a pesar de que poca tregua da el virus, pues pasados ya nueve meses desde que irrumpió brutalmente en toda la Humanidad, seguimos con las restricciones y confinamientos y con los centros y colegios  para mayores cerrados, aquí sigo intentándolo día tras día, luchando con todas mis fuerzas para seguir adelante de una forma serena, positiva y paciente: no dejándome llevar por la tristeza que tantas veces me invade  ni por  la incertidumbre de que va a pasar mañana ante un futuro tan  incierto; aceptando, aunque cueste, mi soledad y viviendo el presente de la mejor forma que puedo:  mi fe, la costura , la lectura, mis labores, el cariño de mis dos hijos, nietas y nietos, hermanas, sobrinos y amigos son, junto con el recuerdo hacia mi hija,  mis grandes aliados  en esta lucha contra el coronavirus; y la esperanza, la esperanza de que algún día será definitivamente vencido y ello nos permita volver a una total normalidad sin limitaciones ni restricciones, retomando las clases y la labor tan importante que, entre otros, para la tercera edad desempeñan en concreto los colegios para mayores, haciéndonos sentir que aún podemos  aprender y  que aún tenemos mucho que decir y aportar a esta sociedad, una sociedad que, sin lugar a dudas y después de lo acontecido, espero salga más fortalecida  y sea capaz de reconstruirse adecuadamente sabiendo valorar lo que tiene y lo que verdaderamente es importante, caminando hacia el bien común.

Sirva esta carta de testimonio de mi profundo agradecimiento la Escuela Popular de Oporto de Madrid, a mis profesores y profesoras, a mis compañeros y compañeras y a todos aquellos que nos cuidan y hacen tanto por nosotros, los mayores.

Fdo. Carmen Martín Gutiérrez

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-.LUNES A MIÉRCOLES DE 19:00 A 21:00 DE LA TARDE.-

En este curso educativo podrás trabajar cuestiones de cultura y actualidad, mientras se refuerzan capacidades y facultades relacionadas con la lectura y escritura.

Defendemos que cada persona sea clave en el propio desarrollo de su educación y conocimientos, por lo que basamos nuestra forma de de trabajar en módulos que se han diseñado según los intereses de las personas que acuden cotidianamente a nuestras clases.

CULTURA Y ACTUALIDAD
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ADEMÁS, nos gusta acudir a museos, al cine, entre otras actividades externas al aula que son fundamentales para el aprendizaje.